Mi padre solia esconder monedas envueltas dentro del roscón del reyes. Somos cuatro hermanos pero mi hermana mayor no participaba de la fiesta, se quedaba en la cama como suelen hacer los mayores. Aquel año el roscón encerraba un secreto especial, un pequeño gato de porcelana con el hocico muy rojo. En cuanto lo vimos, los tres hermanos nos prendamos de él. Mi hermano mayor lo compartia conmigo y yo con él pero mi hermano pequeño era receloso y queria que fuera exclusivamente suyo. En uno de sus ataques de avaricia, el pequeño gato fue a parar dentro de la cerradura metálica de la puerta del cuarto de baño. Pensó que allí nadie podría quitarselo y ciertamente fué así ya que el gato quedo sumido en la oscuridad sin que pudiera ser rescatado a pesar de todas las técnicas que utilizamos. Pasó el tiempo, mucho tiempo... veintidós añós. Haciamos reformas en el cuarto de baño y mientras meditaba sentada en una banqueta donde sería el mejor lugar para ubicar el lavabo, vino a mi mente el recuerdo de aquel gato negro. No lo dudé, ahora era mayor y nadie podia regañarme por reventar la cerradura, la vieja cerradura que al fin y al cabo sería sustituida por una nueva. Cogí un destornillador y un martillo y en un par de golpes la cerradura saltó. Allí estaba, no era un simple recuerdo de infancia sobre algo que quizás no hubiera sucedido. Aunque le faltaba la oreja derecha no había perdido su encanto y lleno mi mente y mi corazón con los recuerdos de la infancia. Aquella noche le conté el cuento del pequeño gato negro a mi hijo y quien sabe si algún día, cuando pase el tiempo, mucho tiempo, ese pequeño gato negro le traerá a él las imagenes de su infancia
(25/04/08)
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