Fue un hermoso día de otoño, otoño por el calendario porque realmente parecía más que fuera invierno. El cielo estaba blanco y el aire olía a nieve. Habíamos quedado para comer pero en cuanto nos vimos algo pasó y olvidamos el mundo que nos rodeaba. Nos sentamos uno frente a otro. Yo servia la comida en su plato y el me daba de comer mientras bajo la mesa jugaba con mi pierna. Me pedía que le sedujera pero yo no tenia que hacer nada ya que cada movimiento o expresión que salían de mi de la forma más natural conseguían el efecto. Ambos deseábamos disfrutar de aquella sensación. Ambos éramos conscientes de aquel regalo que la vida nos estaba haciendo. Sin tomar café pedimos la cuenta y salimos del restaurante. En la calle nos abrazábamos, caminábamos entre risas y nos besábamos. Un taxi nos llevó hasta el hotel, ansiábamos intimidad, ansiábamos compartirnos sin pensar en nada más. Aquella mañana yo me había vestido para él, despacio, disfrutando de cada prenda que cubría mi cuerpo y él lo sabía. Sabía que había sido así y ahora deseaba ser él quien las retirara una a una. Me arrodille a sus pies y le descalce con cariño, fui desvistiéndole despacio y colocando cuidadosamente cada prenda. El se llenaba de mi olor, de mi sabor y yo de él. Me susurraba ordenes que yo cumplía complacida. No había temor, había una gran sensación de paz. Poco a poco me iba entregando hasta abandonar mi cuerpo totalmente a él. Me regalaba mil sensaciones nuevas combinando dolor y placer.
Tapaba mis ojos para jugar con fuego sobre mi cuerpo, para hacerme beber mis propios jugos que yo recibía entre risas de placer y sorpresa, para recorrer mi piel con sus labios combinando dulces besos con pequeños mordiscos. Poco a poco la entrega se hizo real. Poseía mi cuerpo y mi mente, su placer era el mío. La noche había caído, volví a vestirme ante él que me observaba. Un beso, una sonrisa cómplice y la esperanza de que la vida nos vuelva a juntar. Gracias.
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