Para mi la navidad es una época de recogimiento interior. Mis padres me enseñaron a vivirla así. Eran días en los que nos juntabamos la familia para comer o para cenar como se hace en todas las familias pero se hacía de forma intima y sin grandes celebraciones. Lo principal era vernos y estar juntos, comentar las cosas que nos habían acontecido durante el año. Mi padre cocinaba para todos y yo era su pinche de cocina. Que buenas horas pasábamos juntos en la cocina, aunque era un desastre y lo dejaba todo perdido yo disfrutaba de compartir esos momentos con él. Era un hombre que siempre estaba trabajando y apenas tenia tiempo para compartir con nosotros pero en aquellas fechas se reservaba solo para la familia. Salíamos a la Plaza Mayor para comprar el musgo y cada año montabamos juntos un enorme belén con montañas y un río de papel de plata. Las tardes eran largas, jugábamos a las cartas entre risas haciendonos trampas a ver quien era el que pillaba antes al otro.
La más entrañable celebración de estas fechas para mi era el cumpleaños de mi abuela y el mío. Ella nació el 26 de diciembre y yo el 27, por lo que siempre se celebraba la noche del 26 al 27 y lo haciamos juntas. Es algo que no he podido cambiar, a pesar de los años y de que ella ya no está, mi cumpleaños sigue siendo la noche de ese día.
La nochevieja era algo más informal debido a su caracter pagano aunque no por eso se dejaban de comer las uvas entre risas y lagrimas por lo que ya no estaban entre nosotros.
El día de reyes era la gran celebración. Mi padre nos llevaba siempre a ver la cabalgata desde uno de los balcones de la calle de Alcalá. Yo tenía miedo de los fuegos artificiales y él me cogia fuertemente de la mano. Dejábamos los zapatos en el salón, bien limpios y brillantes bajo la mesa en la que depositabamos una bandeja con turrón, zumo de naranja y pan duro para los camellos. Mi rey favorito era Melchor, el del pelo blanco. A las 6 de la mañana ya estabamos los hermanos colocados por edades en fila india ante la puerta del salón que solo mi padre podía abrir. Era el único día del año en que mi padre estaba realmente radiante, feliz.
Los años han pasado y ya no me gusta la navidad. No creo en Dios como creía cuando era pequeña. Mi familia ya no está y suelo pasarla en soledad, no porque no tenga con quien compartirla pero muy a pesar mío aun tengo ese sentimiento de recogimiento que me inculcaron de pequeña por lo que para mi son días de recuerdos, buenos y malos. Solo hay una tradición que he seguido cumpliendo en honor a mi padre y es asistir a la cabalgata de reyes para ver a esos niños cogidos de la mano de su padre llenos de ilusión. Puedo ver mi cara en la suya y aunque se me escapa alguna que otra lágrima me siento feliz porque vuelvo a sentir a mi padre muy cerca de mi.
1 comentario:
Aunque yo odio la navidad, me gusta que la gente la disfrute, al menos, que la disfrute como debe ser, sabiendo su significado y no como se celebra hoy en dia. Yo odio la navidad, siempre la odié, incluso de niña.Mi familia es atea, por lo que celebrar estas fiestas sin fé resulta un poco artificial, al menos para mi.De pequeña nome gustaba ir a la calbagata, demasiada gente, esperar en la calle con frio, me daban miedo los reyes, mucho sacrificio para nada. Encima, a la mañana siguiente, te hacian madrugar para abrir los regalos y yo sonreia y fingia pasarmelo bien porque veia que mis padres disfrutaban. Pero el tormento no acababa ahí. Habia que vestirse y hacer peregrinacion por casa de familiares y amigos y siempre con esa sonrisa petrificada en la cara.
Con los años vas desprendiendote de las cosas que no te gustan, evitando actos que odias. Pero de la navidad aun no he podido desacerme de ella.En fin, resignación.
Feliz Navidad
valentina
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