El inicio

martes, 3 de marzo de 2009

Un masaje

Desperté temprano. La noche anterior me había dado un baño templado, relajante, sumergida en la bañera escuchando los sonidos bajo el agua, preprando mi cuerpo y mi mente para lo que acontecería al día siguiente. Habíamos quedado en mi casa y debía recibirte como recibiría a mi Señor. Existia la posibilidad de que no acudieras pero yo no pensaba en ello, simplemente me preparaba para ti. Salí a pasear con mi perro, se intuía que sería de nuevo un día de primavera en invierno. Un día que se disfruta simplemente por el hecho de su calidez inesperada. Al volver a casa prepare la bandeja para servir el té, el té que sé que te gusta. Cubrí mi cuerpo con una simple combinación negra y me dispuse a esperar, relajada, distrayendo mi mente con algo de lectura en internet. Sonó el timbre de la puerta y por un instante dude, no había sonado el portero automático y podías ser tu o bien cualquiera. Abrí y eras tú, sonreí. Nos sentamos a tomar una taza de té y a conversar un poco. Siempre estamos muy a gusto conversando y apenas nos damos cuenta de que el tiempo pasa. Me acerque a ti cuando habías acabado tu té y entonces me pediste que me desnudara. Retiré la combinación de mi cuerpo quedando completamente desnuda ante ti para arrodillarme a tus pies y comenzar a quitarte los zapatos, a desnudarte despacio. De nuevo de rodillas ante ti empecé a besar tus pies, a acariciarlos, a lamerlos despacio jugando con los dedos, sintiendo tu placer, excitandome a través de ese placer. Me pediste que te diera un masaje en ellos lo mejor que supiera ya que iba a ser puntuado. Puntuarias sobre diez y cada punto negativo que obtuviera correspondería a un castigo de diez azotes. Me sentía relajada, tu mirada me daba tranquilidad. Cogí el aceite de almendras dulces que tenía sobre la mesita, preparado para ti, en espera ante la posibilidad de ser usado o no. Tú sonreíste agradado y sorprendido a la vez. Deposité aceite en mis manos y comencé a masajear tus pies, primero uno y luego el otro, intentando hacerlo lo mejor posible, intentando recordar como habían sido los masajes que yo había recibido ya hacia unos años. Realmente deseaba hacerlo bien, no por temor al castigo sino por agradarte. Tus pies quedaron relajados y completamente hidratados, sonreías y me pedías mi opinión. Solicité un cinco, incluso un cuatro me haría sentirme satisfecha ya que reconocía mi falta de conocimiento y experiencia en masajes. Tú estabas realmente satisfecho de que hubiera previsto tener el aceite y me concediste un cinco y el privilegio de elegir con que instrumento sería azotada. Mi deseo era entregarme a ti plenamente por lo que renuncie a ese privilegio dejando que tú eligieras y me dispuse a cuatro patas para recibir mi castigo. Mil sensaciones se agolpaban en mi mente, el recuerdo de la primera vez que pude sentir tu olor, el tacto de tus manos sobre mi piel. Me relaje para dar paso de esas sensaciones a las que me esperaban y entonces me azotaste con tu mano, firme, seguro, con más o menos intensidad mientras yo contaba los azotes. Mi sexo se humedecía y mi mente se relajaba poco a poco entregándose cada vez más a ti. Tras veinticinco azotes cogiste tu cinturón que yo habia dejado depositado sobre la cama y recibí cinco azotes más con el. Tus azotes iban acompañados de caricias, de susurros por saber si yo estaba bien. Casi perdí la cuenta cuando me preguntaste cuantos llevaba, estaba totalmente entregada. Se mezclaban el dolor y el placer en mi cuerpo y en mi mente. Propusiste usar la fusta y acepte, lo deseaba, deseaba sentirla en mi movida por tu mano. No recuerdo cuantos fustazos recibí pero si que me llevaron más allá, a entregarme a ti un poco más allá. Llegaste hasta los cincuenta con tu mano y luego sentado sobre la cama me abrazaste, me besaste y acariciaste mi pelo. Que gran sensación de paz me estabas regalando. Ya todo había desaparecido alrededor. Solos tú y yo. Me indicaste que me tumbara en la cama, bocabajo. Podía ver y sentir tu excitación. Me acariciabas y lubricabas a la vez para abrirte camino dentro de mí. Delicadamente entraste en mí sin producir dolor, tomándome, poseyéndome despacio para luego dar paso a tu fuerza. Gemías, me besabas el cuello, me hacías tuya, completamente tuya y sentir todo ese placer en ti me llevaba al orgasmo. Solicite tu permiso para correrme y fue concedido mientras seguias tomándome con fuerza para dar paso a tu propio orgasmo que aumentaba mi placer. Entonces te dejaste caer sobre mí, haciéndome sentir todo tu peso sobre mi espalda, tu respiración agitada. Volví la cara hacía ti y reímos satisfechos. Cuando recuperamos el aliento me levante y fui al baño para coger una pequeña toalla y mojarla en agua caliente. Te limpie y me tumbe junto a ti, abrazados conversamos hasta que de nuevo sentí tu excitación. Acaricie tu sexo, lo introduje en mi boca, lo lamí y tu me tumbaste boca arriba para hacerme el amor abrazados, rodeándote con mis piernas, apretando tus nalgas, acariciando tu espalda. Te miraba y te veía disfrutar, tus gemidos volvían de nuevo y deseaba que me miraras, lo deseaba intensamente pero no me oíste cuando te lo pedí, estabas más allá. De nuevo me llego el orgasmo pero esta vez pausado, más relajado, mi atención estaba totalmente en ti y volvía a sentir como latías dentro de mí en un intenso orgasmo. Nos besamos y volvimos a recuperar el pulso, abrazados. Comentamos nuestras sensaciones. Cariñosamente observaste mis marcas en las nalgas y lamentastes que yo no pudiera ver el color que tenian. Apenas había quedado una pequeña marca y el color sonrosado, sin embargo yo sentía placenteramente que habían sido azotadas, especialmente en la nalga izquierda. Me sentía bien y contenta, orgullosa. Aquella tarde, cuando llego mi compañera de piso, se las enseñe y ella me enseño las suyas, sonreimos complices. Ella había tenido una sesión con su Amo la tarde anterior y apenas le habían quedado marcas como a mi. Ambas orgullosas. El calor en ellas me duro dos días para recordarme las sensaciones vividas, no había grandes marcas ni un dolor intenso como había sucedido con otros en otras ocasiones. Mi cuerpo y mi mente estaban relajados. Me sentía satisfecha porque me había entregado sin temor, había confiado y había obtenido a cambio mucho sin esperarlo. Había sido cuidada y mimada. Valorada y respetada. Por todo esto te doy las gracias y un pequeño hueco dentro de mi corazón donde permanecerás siempre.

1 comentario:

SEJMET dijo...

Hola mi muñequita Begoth!
mmmm me ha encantado tu post.
Sea real o inventado...enhorabuena por tu manera de escribir,es tan visual que me ha estremecido.
Si es real...me alegro muchisimo por ti y por haber encontrado a esa persona que haga sentir y a la que hagas sentir todo eso que nos cuentras y transmites.
TE JALOVIO UNA JARTÁ.