Matilde ha entrado en mi vida hace apenas tres dias y ya siento un aprecio muy especial por ella. Acudo cada mañana a visitarla a un hospital en la sierra de Madrid. Rodeado de pinos y de un silencio espectacular. Al contrario que cualquier otro trabajo este requiere paciencia, frenar el ritmo trepidante que se lleva en la ciudad. A sus noventa años, Matilde, es una mujer pequeña, muy delgada y con unos ojos muy vivos. Ha perdido casi el oido y la vista pero sus ojos son el puro reflejo de su alma. Brillan fuertemente cuando sonrie y se quedan opacos en algunos momentos, esos en que piensa que nadie la observa y parece enfrentarse a su realidad. Siempre preocupada por no molestar, por dar el menor trabajo posible a los demás y agradeciendo hasta el más mínimo gesto hacia ella. Paseamos despacio, ella en su silla de ruedas y yo empujando, observando los pinos, el correr del agua en la fuente, a la gente que viene y va. Ella saluda a todo el mundo levantando la mano y yo sonrio al ver que es querida por los que la rodean.
Cuando nos hacemos mayores es en cierto sentido como volver a la infancia. Puedes volver a permitirte pequeñas cosas porque sabes que ya no tendran mayor importancia. Matilde es muy golosa. Debido a su estado solo puede ingerir comida triturada. Es gracioso como intenta convencernos de que no puede tragar bien ya que esto solo le pasa con los pures y jamás con un helado, un flan o unas natillas. Me resulta divertido. Gracias a los largos paseos que le doy he conseguido que coma algo más de pure de forma voluntaria, su apetito ha mejorado, pero ella siempre calcula la capacidad de su estomago para poder tomar el postre entero.
Es triste ver que después de haber luchado toda una vida por la familia esta se olvida de ti. Cubren tus necesidades pagando a gente para que te cuide y a veces ni eso, pero realmente lo que se necesita es la compañia de los que amas. Sé que no puedo cubrir el vacio que Matilde siente pero también sé que si puedo hacerselo más llevadero. Gracias a ella y a las otras personas mayores que he cuidado puedo ver la vida de otra manera, valorarla más y aprender a aceptar lo que somos, tan sólo el reflejo de nuestros actos. Nada me gustaría más que cuando me llegue el momento tener la serenidad ante la vejez y la muerte que tuvo mi padre y que puedo ver en Matilde.
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